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Comunidad de Anuwou en Nazareth / Foto: Andrés Panqueva |
Hacer
que en un desierto como el de La Guajira pueda cultivarse tomate, maíz, fríjol,
limón, naranja, ahuyama, guayaba y hasta torombolo parece un milagro de la
naturaleza, aunque tarde muchos años en llegar.
“El último proyecto productivo que tuvimos fue en 1950”,
dice Cristina Arpushana, una wayúu de 70 años de la comunidad de Ruleya II en
el municipio de Manaure.
Hoy,
66 años después, el desierto que la vio crecer vuelve a ser productivo y de él
se pueden cosechar alimentos que ni siquiera ella conocía.
Cristina
vive con su esposo, sus 10 hijos y seis nietos, con quienes ha logrado
intensificar el trabajo de siembra y cosechas de hasta dos y tres veces al año
a pesar de que hace cuatro años no llueve por estas tierras.
“Tenemos limón, naranja, ahuyama, guayaba,
torombolo, tomate, maíz y fríjol. Quisiera tener esto lleno de cultivos pero la
falta de agua no nos deja”, asegura.
Esta wayúu
asegura que desde el comienzo del proyecto, sus tierras –o mejor, su desierto–
es fértil y todo lo que siembra florece. Es la paradoja de un oasis en medio de
la nada.
Una despensa en medio del desierto
A ocho
horas de camino desde Riohacha vive Franklin Iguarán, un productor del
corregimiento de Nazareth en el municipio de Uribia que ha logrado convertir
sus tierras en la mayor despensa de alimentos de la zona.
“Aquí somos cinco familias las que trabajamos. Esto era
puro monte, después que vino la Fundación limpiamos y quedo bien, estaba el
tanque y el pozo nada más”, cuenta.
Después
del cierre de frontera entre Colombia y Venezuela se agudizó la problemática
comercial incrementando el precio de muchos de los productos que llegaban a
Nazareth, por ello Franklin decidió expandir su huerta y dedicarse por completo
a ella, logrando patillas de hasta 24 kilos y vender el kilo de fríjol en
$5.000.
Tanto
Franklin como Cristina hacen parte del proyecto que lidera la Fundación Alpina
desde hace tres años con recursos del Sistema General de Regalías en 20
comunidades de Manaure y Uribía.
La iniciativa
ha logrado que hoy la mayoría de los beneficiarios cuenten con el cerramiento
de la parcela, la adopción de un sistema de riego por goteo, un tanque de agua
con capacidad para 2.000 litros y un pozo que funciona con energía solar.
Pese al inclemente sol y las lagunas secas, 247 familias producen una gran variedad de alimentos entre frutas, verduras y tubérculos, que han permitido el sostenimiento de 1.590 indígenas.
“Por cada cosecha de maíz se obtienen unos 6.000 kilos por
comunidad. Estamos hablando de una hectárea de tierra tecnificada con riego por
goteo. En 20 comunidades son 120.000 kilos que se están produciendo.
“En fríjol, en cada siembra se obtiene 3.000 kilos, es
decir, 60.000 kilos en cada cosecha”,
asegura Arturo Molina Gómez, coordinador del proyecto de la Fundación Alpina.
La
inversión de este proyecto contó con aportes de regalías por 2.751 millones de
pesos y de la Fundación Alpina por $510 millones para la instalación de dos
hectáreas por comunidad: una silvopastoril y, otra, de alimento de pancoger,
para un total de 40 hectáreas.
Jóvenes
indígenas sembrando el futuro
Pero
no todo lo que siembra va para el consumo humano, buena parte de los pastos y
plantas como la leucaena, la mombaza y hasta la famosa moringa de la que tanto
se habla debido a sus propiedades nutricionales, se destina a la alimentación
de los chivos y las cabras.
Estas
prácticas las lideran, en gran medida, 80 jóvenes de los internados de Nazareth
y Siapana. Ellos se han convertido en multiplicadores de conocimiento en sus
comunidades gracias a la capacitación que reciben por parte de la Fundación.
El
proyecto les permite hoy contar con una unidad agrícola de aproximadamente
25.000 metros cuadrados la mitad dedicada a la actividad silvopastoril y la
otra a un banco mixto de alimentos.
Uno de
los beneficiados con las capacitaciones es Raulín de Jesús Duarte, de 17 años
quien asegura haber aprendido a “desparasitar
a los animales para que puedan dar mejor producción de leche y así alimentar a
nuestras familias todas las mañanas”.
Por Jenny Patricia Perdomo
Publicada 23 de abril de 2016 El Tiempo
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